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Escasa lectura

Casi una de cada dos personas en Bolivia no ha leído ni un solo libro en los últimos 12 meses. El dato sugiere muchas inferencias respecto de las competencias y habilidades de las personas, pero sobre todo de su forma de pensar y actuar. Asimismo, evidencia un rotundo fracaso del sistema educativo boliviano; un pueblo que no lee, y si lee no entiende, está en desventaja.

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El preocupante dato proviene de la más reciente versión de la encuesta de Ipsos que anualmente indaga éste y otros hábitos de consumo. En octubre de 2018, el 48% de las personas encuestadas en La Paz, El Alto, Cochabamba y Santa Cruz reconocieron que no habían leído ni un solo libro en los últimos 12 meses. En el otro extremo, solo ocho de cada 100 habían leído más de seis libros en el mismo lapso.

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Las ciudades donde menos se lee son Santa Cruz de la Sierra y El Alto, las dos más pobladas del país, donde el 55% y el 54% de los encuestados, respectivamente, reconocieron no haberse acercado a los libros. Si sirve de alguna forma de consuelo, la comparación con anteriores encuestas muestra que en 2015 el 54% no había leído libros, y en 2016 eran el 50%.

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Consultados al respecto, los presidentes de las tres cámaras departamentales del libro apuntan a la falta de motivación a la lectura, particularmente en la escuela. El de Cochabamba recuerda que la Ley del Libro y la Lectura, promulgada en 2013, todavía no ha sido implementada por la ausencia del Comité Plurinacional del Libro y la Lectura. El de La Paz subraya el hecho de que desde la escuela primaria y secundaria se enfatiza más en el aspecto funcional de la lectura; es decir, en la transmisión de información y conocimientos antes que en el placer de la lectura, ya sea como entretenimiento o apreciación estética

La Presidenta de la Cámara cruceña reclama la importancia de la escuela en la formación del hábito de la lectura y echa de menos las bibliotecas de aula. Al parecer, la disposición del Ministerio de Educación de destinar al menos 10 minutos diarios a la lectura en aula o no se cumple, o todavía no está rindiendo los frutos deseados.

Súmese a ello un mercado dramáticamente pequeño, donde la oferta y la demanda de textos son escasas, principalmente debido a que las familias de clase media priorizan otros consumos y a que la industria editorial es pequeña (aunque los datos también demuestran que el país ya exporta libros)

Son, pues, datos que deben importar y mucho, y no solo a las cámaras de libreros, cuya existencia depende del mercado de textos, sino también al Estado en su conjunto, ya que además de tener la obligación de garantizar el derecho a la educación, debería tener un claro interés en ilustrar al pueblo a fin de avanzar cualquier forma de “revolución democrática y cultural”. Los ministerios de Educación y de Culturas deberían reconocer que llevan retraso en esta tarea y necesitan realizar más esfuerzos en esta materia